#RL 116 Masivo, bro.
Sobre mi ego, mi alter ego y la pelea del año.
I.
Odio el boxeo. Decir que lo odio tal vez es un poco arbitrario. No es un deporte por el cual tenga algún tipo de fanatismo. Es decir, puedo entender la expectativa, la adrenalina, la danza en el mejor de los casos, pero, a fin de cuentas, no deja de resumirse en cómo alguien tiene que “moler a palos” a su contrincante para saberse ganador o, al menos, sobrevivir a la pelea.
El aficionado me va a decir que lo que estoy haciendo con esta descripción no es más que tirar un golpe bajo. Que mi comentario es injusto, que el deporte tiene un montón de táctica, reglas y estrategias, y que eso es lo que lo convierte en una disciplina de primer nivel. Me cuesta entenderlo. No me podés negar que, más allá de todo el raciocinio que le intentes impregnar a este espectáculo tan básico, en realidad lo que más te conmueve es el sonido del golpe seco en la cara del otro, mientras la mandíbula se le deforma y el chorro de sangre transforma al cuadrilátero en un lienzo de expresionismo abstracto.
Debo reconocer, sí, que me atrae el folclore que el boxeo trae aparejado. Cómo funciona su épica en grandes películas como Rocky, Toro salvaje e incluso en algún episodio de Los Simpsons. Eso sí me divierte o me interesa.
La mordida en la oreja de Tyson a Evander Holyfield; aquella frase que el peso pesado con un tribal tatuado en la cara supo decir alguna vez: “Todos tienen un plan, hasta que les dan una trompada en la cara”; la foto de los Beatles con Muhammad Ali, el alfajor Guaymayén, etcétera. Eso es divertido, pero no sé si tiene tanto que ver con el deporte en sí como con quienes cuentan una historia o retratan una idea alrededor de él.
En fin, la cuestión es que allí me encontraba yo, en un estadio repleto y deseoso de ver un buen espectáculo a puño cerrado.
Esta vez no me fue posible evadir la velada, como suelen decirle los streamers, porque la pelea que iba a suceder me relacionaba directamente con los contrincantes que subirían en unos minutos al ring.
Las tribunas se encontraban atestadas. En ellas había viejas celebridades de los medios tradicionales, conductores de programas de chimentos, streamers vestidos con pantalones anchos y remeras Balenciaga, traperos de caras tatuadas con chalecos Moncler, traders de doce años que te explican cómo ganar tu primer millón de dólares e influencers con ropas diminutas. Incluso estaban los redactores de esas frases de autosuperación que leemos hasta el hartazgo en todas las redes sociales.
Todo el entorno digital se encontraba ahí y en los asientos ya no cabía ni un alfiler.
¿Y por qué era que me encontraba yo allí? Porque los contrincantes en cuestión no eran más que unos parientes cercanos a mí: mi Ego y mi Alter Ego. Y si bien no había podido conseguir las ubicaciones que me hubiesen gustado, tuve que conformarme con haber podido asistir a semejante espectáculo de vanidad.
A veces uno ni siquiera puede ser protagonista de su propia vida, y no le queda otra que aprender a lidiar con ello.
Me hubiese gustado que el combate se resolviera de otra manera. A puertas cerradas, escribiendo o conversando entre amigos en un entorno más elevado y sofisticado. No lo sé, en alguna locación de una película de Visconti o de Sofía Coppola.
Pero no. El ego tiene maneras interesantes de manifestarse y así es como él quería que esto sucediera.
II.
La salida de los contrincantes al cuadrilátero, a mi criterio, dejó mucho que desear. Seguramente el equivocado y el que no entendía el contexto allí era yo, porque todos parecían estar disfrutando del evento o entendían bien de qué iba el asunto. En cambio, yo había llegado hasta allí sin mucha posibilidad de informarme al respecto. La realidad es que estaba más preocupado por cómo iba a hacer para pagar la tarjeta de crédito a fin de mes o si había 2x1 en cervezas en el recinto.
Al parecer, según me comentaba un niño de diez años que se sentaba a mi lado, la previa entre los dos había sido muy picante y el lore, como dicen los centennials, entre los contrincantes había llegado a dimensiones impensadas.
Tampoco sabía de cuánto era el monto de la bolsa que estaba en juego, pero supuse que, tratándose de mi ego y mi alter ego, no podía ser mucho. Con la habilidad para las matemáticas que me caracteriza, terminé deduciendo que el monto final de la disputa no superaba los mil pesos argentinos, repartidos en billetes de cien devaluados y sin valor alguno.
Qué bárbaro, pensé hacia mis adentros, entre el murmullo del estadio. Todo este espectáculo por mil pesos.
En fin. Mi Ego salió a escena con todo el entourage de gnomos que lo suelen acompañar. Grande, de un metro ochenta de altura, inflado, con todos sus músculos marcados y aceitados. Serio como una roca, parecía tomarse muy a pecho el papel de boxeador de peso pesado. Obviamente, entró con la canción de Rocky Balboa y después cambió por una de Jay-Z que se llama 99 Problems, esa que dice I’ve got 99 problems but a bitch ain’t one.
Mi Ego es agresivo, bro, y sale con la actitud que se merece.
La entrada de mi alter ego fue bastante más amena, aunque igual de aburrida y predecible que la de mi ego. Con una bata, perdón, robe de chambre, azul y aterciopelada de Polo Ralph Lauren, similar a la que utiliza Kevin McCallister en Mi pobre angelito 2, realizó su entrada triunfal. Seguido de dos personas mayores que él, mi alter ego se parecía más a alguno de esos personajes que interpreta Woody Allen en sus películas: cara de preocupación, neurosis a flor de piel y una expresión corporal propia de un antihéroe o de algún alfeñique.
La canción elegida por él fue la que utiliza Homero Simpson en ese episodio en el que hace de boxeador: Why can’t we be friends. Después, la banda sonora mutó a algún piano de jazz de Vince Guaraldi. Claramente, mi alter ego no sabe cómo encender a una multitud deseosa de ver sangre y de comportarse durante una hora y media como primates enloquecidos.
III.
La primera campana sonó y la pelea comenzó.
Yo ya estaba exhausto de tanto ruido y tanto alboroto. No podía creer que me faltaran once rounds de esto. Por dentro pensaba: “La pelea va por el primer round y yo ya me quiero ir a mi casa. No sé cómo voy a poder escribir una crónica de esto si ya estoy agotado antes de empezar”.
Mi cerebro suele hacerme estas cosas: arrancar a doscientos kilómetros por hora y quedarse sin nafta a los quince kilómetros del recorrido. De hecho, me está sucediendo ahora mismo mientras escribo este texto.
Supongo que el combate entre la pereza, la distracción y mi poder de voluntad quedará para otra ocasión. Ese combate seguramente sea uno de lucha libre. Personajes papoteados, con bigotes y calzas de colores saturados, brindando un espectáculo perfectamente coreografiado.
Pero basta. Ya me estoy yendo por las ramas. Volvamos a esta pelea, a la que estaba ocurriendo entre mi Ego y mi Alter Ego.
Mi Ego se lanzó frente a su oponente como un león enjaulado, listo para comerse a su presa. Sus ojos parecían los de un toro endemoniado o los de algún personaje de la noche, totalmente duro a las tres de la mañana.
En la otra esquina, mi alter ego movía piernas y brazos como si fuera un dibujo animado. Parecía un personaje de Charles Chaplin o Buster Keaton corriendo de un lado al otro del ring. Dicen los que saben que esa era la técnica que utilizaba Nicolino Locche: moverse rápido, situarse a la defensiva, cansar al oponente y, cuando este estuviese agotado, zacate, dar el batacazo final.
De un lado, un mastodonte torpe, de movimientos lentos. Del otro, un pequeño electrificado por los nervios y el miedo.
Mi Ego salió al ataque desde la primera campana, pero su oponente era muy rápido y no se dejaba pegar. Tiraba puñetazos al aire, como si por arte de magia pudieran llegar a impactar. Así, torpe y fuerte como se veía, también era de esas personalidades que se rigen estrictamente por el impulso y por frases prearmadas, carentes de sentido alguno, como “soltar”, “fluir” o “magia”. Tal vez de allí venía su falta absoluta de estrategia.
Mi alter ego, en cambio, era mucho más rápido y neurótico. Mientras el ego iba al frente como una especie de Goliat, él era un David intrépido y asustadizo que buscaba huir del conflicto a toda costa.
La pelea resultó ser un bodrio desde el minuto cero. Los primeros cinco rounds transcurrieron sin pena ni gloria y fueron una carrera en círculos de gato persiguiendo al ratón.
La emoción inicial de la gente se fue apagando con el paso del tiempo. Las influencers hacían reels para sus comunidades, promocionaban algún producto de canje y las otras celebridades scrolleaban furiosamente en sus celulares buscando dónde hacer su próxima aparición.
Solo unos pocos seguían con atención el lamentable espectáculo. Deducí que se trataba de aquellos que habían apostado algo de plata. Prejuzgando completamente, me dije: “Deben ser unos cripto bros”.
Ni yo mismo apostaría por mi ego, y mucho menos por mi alter ego. ¿Quién puede ser tan ludópata o estúpido como para hacerlo con su propio dinero?
No lo sé. Cada cual hace lo que quiere y lo que puede con su vida.
IV.
Como suele pasar con todo aquello a lo que se le pone una expectativa alta, mi desilusión y la del público en general fue directamente proporcional a la ilusión inicial.
Mi inconsciente medio que lo intuía. Pero, como siempre, decidí negar esa estúpida y sensual intuición y volcarme de lleno a la ilusión y a las ganas de que, en algún momento, apareciera una situación épica que concluyera con mi alter ego en andas y el párpado cortado.
Si tienen una pizca de sentido común, ya pueden anticipar que nada de eso pasó.
Tal vez alrededor del noveno round hubo un esbozo de ilusión. Mi ego salió, una vez más, determinadísimo a meterle un gancho. Como tantas otras veces, tiró una trompada al aire y mi alter ego la esquivó. Fue entonces cuando logró darle un puñetazo en el riñón, descolocarlo y aprovechar para conectarle dos uppercuts que dejaron a mi ego medio voleado.
El referí contó hasta cinco y, todavía medio groggy, sonó la campana. Mi ego volvió a su rincón a recomponerse.
Los rounds restantes fueron todavía peores. Mi ego estuvo más contenido, temeroso de recibir otro sopapo y de quedar en ridículo. Se limitó a buscar algún golpe que le diera puntos sobre el final.
Ya pueden imaginarse en qué quedó esta pelea.
Pasados los minutos de la última campana, con un público que ya había agotado todo recurso de distracción posible para hacer más amena la tarde, el referí comunicó el resultado final: empate unánime.
El jurado, compuesto por Dios, una astróloga y un creador de contenidos que no tenía la más remota idea de lo que era el boxeo, pero que había sido invitado a ser juez por tener millones de seguidores en redes sociales, concluyó que se trataba de la pelea más aburrida del año y dejó a ambos contrincantes como absolutos perdedores.
El promotor del espectáculo nunca más quiso organizar una pelea en su vida y decidió que lo mejor era volver a ser mi psicoanalista y resolver estas cuestiones puertas adentro.
Yo, por mi parte, me quedé con ganas de volver a casa con alguna respuesta, pero lamentablemente regresé con un manojo de preguntas y más confundido de lo que estaba antes.
Algunas cosas que estuve viendo en Internet:
-Wendy Mac está haciendo los 30 días de dibujar de G.U.T (Grown-Up´s Table)
-The Creativity challange, con ilustraciones de Erik Winkowski
-Un perfil de Saul Steinberg via Wendy Mac.
-Siempre recomiendo pasar por el Loitt Store. Para que sigan los dibujos.
¡Nos vemos la próxima!
Loitt.



